UNA NOCHE DE ESTRELLAS FUGACES
Fue una noche de estrellas fugaces,
de silencios prohibidos y besos,
una noche de amor y ternura
que ni tu alma ni yo olvidaremos.
Ya dormían el día y las rosas,
nuestra luna temblaba en silencio
y despacio la luz se perdía...
se vestía el jardín de misterio.
El placer nos brillaba en los ojos,
no sentíamos frío en el cuerpo
y en tu piel y en la mía a pedazos
se caían los astros del cielo.
Se quejaba el carmín en mi boca
le dolía no estar en tu pecho,
en tus manos amantes y cálidas
que dejaban en mí tu recuerdo.
De los dos fue la noche encendida,
de los dos las caricas de fuego
que pintaban de niebla el cristal
y una dulce canción sobre el lecho.
En la tibia ventana clamaba
y batía sus alas el viento,
arrancarla quería con furia...
con la rabia rabiosa de un verso
y morder nuestra imagen prohibida,
que tan tímida desde el espejo
nos miraba callada y oculta,
tan esclava de nuestro secreto.
Lentamente nacía la aurora,
despertando al jardín de su sueño
y también al lucero dormido,
que besaba la miel de tu aliento.
Vino el sol dibujando en la sábana
mariposas de cobre sin vuelo
y en el rostro nos iba dejando
una lluvia de inquietos destellos.
El abrazo sin voz deshicimos
al quedar ya la noche muy lejos
y buscando la ropa deprisa,
como en frías mañanas de invierno,
nos vestimos sin tristes miradas
con el miedo de ser descubiertos.
Esperé a que sonara la puerta
y que ya no te viera a lo lejos,
tras aquella ventana que quiso
arrancarla en la noche aquel viento.
Y detrás de ti, fui yo bajando,
escalón a escalón en silencio
y llegando al jardín pude ver
que lo había llenado un desierto...
ya no estaban abril y las rosas,
ni la tierra cuajada de pétalos.
Separados caminos cogimos
y quedó allí la casa en el tiempo
y la noche de estrellas fugaces
esperando otra vez nuestros besos.
©®Diana Rodrigo Ruiz
de silencios prohibidos y besos,
una noche de amor y ternura
que ni tu alma ni yo olvidaremos.
Ya dormían el día y las rosas,
nuestra luna temblaba en silencio
y despacio la luz se perdía...
se vestía el jardín de misterio.
El placer nos brillaba en los ojos,
no sentíamos frío en el cuerpo
y en tu piel y en la mía a pedazos
se caían los astros del cielo.
Se quejaba el carmín en mi boca
le dolía no estar en tu pecho,
en tus manos amantes y cálidas
que dejaban en mí tu recuerdo.
De los dos fue la noche encendida,
de los dos las caricas de fuego
que pintaban de niebla el cristal
y una dulce canción sobre el lecho.
En la tibia ventana clamaba
y batía sus alas el viento,
arrancarla quería con furia...
con la rabia rabiosa de un verso
y morder nuestra imagen prohibida,
que tan tímida desde el espejo
nos miraba callada y oculta,
tan esclava de nuestro secreto.
Lentamente nacía la aurora,
despertando al jardín de su sueño
y también al lucero dormido,
que besaba la miel de tu aliento.
Vino el sol dibujando en la sábana
mariposas de cobre sin vuelo
y en el rostro nos iba dejando
una lluvia de inquietos destellos.
El abrazo sin voz deshicimos
al quedar ya la noche muy lejos
y buscando la ropa deprisa,
como en frías mañanas de invierno,
nos vestimos sin tristes miradas
con el miedo de ser descubiertos.
Esperé a que sonara la puerta
y que ya no te viera a lo lejos,
tras aquella ventana que quiso
arrancarla en la noche aquel viento.
Y detrás de ti, fui yo bajando,
escalón a escalón en silencio
y llegando al jardín pude ver
que lo había llenado un desierto...
ya no estaban abril y las rosas,
ni la tierra cuajada de pétalos.
Separados caminos cogimos
y quedó allí la casa en el tiempo
y la noche de estrellas fugaces
esperando otra vez nuestros besos.
©®Diana Rodrigo Ruiz


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